Bonita no es la Avenida del Puerto. Tiene algo de lugar de paso, menos para los que viven en ella. Incluso de obstáculo o incordio, de algo que hay que recorrer para llegar a otro sitio. Aunque luego se disfruta por sus gentes.
Esa mujer con dos carritos con niños en los que ha colgado sendos carteles pidiendo que no los toquen. Ese hombre vestido de algo parecido a un explorador que habla con una señora del periódico El Caso. Dice ella que en su casa no lo compraban, pero sí en la de sus abuelos y lo leía cuando iba a comer allí una vez por semana. Ese micromundo, que pide una ficción a gritos, que se genera en la puerta del Cash Converters.
El paisaje de la avenida podría haber cambiado para bien si La Fábrica de aceites no se hubiera convertido en un McDonald’s. El ayuntamiento debería haber comprado el edificio y haber montado allí una biblioteca, un centro cultural, o un museo de la fotografía valenciana. Siempre será mejor El Flaco que un Big Mac.
