![]() |
| Foto: Rafa Rodríguez. |
Las casualidades no existen, pero el día que publiqué este artículo en Carambal, sobre la cárcel Modelo de València de finales de los 70, aparecí de casualidad en su puerta.
Fue el deambular por las calles después de haber visto una exposición muy chula lo que me llevó hasta allí. La verdad es que sigue impresionando. También, imaginar cuando pasas por la acera, que ese trozo actual formaba parte del recinto. Como el carril bici. Una de las torres de vigilancia marca hasta dónde llegaba la prisión.
En estas circunstancias me estimulo tanto que soy capaz de escuchar gritos, pisadas, lloros o puertas que se cierran.
Hablo con un señor mayor, que me dice que tiene un bar muy cerca al que iba Anglés con un amigo electricista. Que el barrio ha cambiado mucho. Que había fincas tan pegadas a la cárcel que se veían los motines como si estuvieran viendo la tele. Que este edificio será uno de los primeros que bombardeará Putin cuando nos ataque. Le doy los buenos días y me voy.
Cambio de conversantes, un hombre y una mujer sentados en un banco pasan la mañana. Él es vecino de la calle Cieza y recuerda que desde su casa tenía unas vistas tremendas. Que se oían muchos gritos. Que con paracaiditas de juguetes les lanzaban a los presos cosas, dice drogas en voz baja, desde el otro lado del muro.
Ella está encantada de cómo han cambiado aquellas calles, no les falta de nada y, como buena valenciana, apunta que está al lado del centro. Él lamenta que su calle se ha llenado de pisos turísticos. Ella está tan entusiasmada que me recomienda visitar un parque cercano.
Lo hago y lo mejor es el trayecto. Descubro una librería en un lateral. La cárcel ahora es un complejo de administraciones públicas. Eso significa que su entorno está lleno de bares y de gente almorzando a esa hora. Es como una ciudad dentro de la ciudad.
