El otro día, después de comprar online un par de entradas para un concierto, recibí un mail de la tiquetera en cuestión. Pensaba que incluirían los boletos en pdf. Pero no. Me informaban de que para obtener las entradas debía o bajarme una app o entrar en su página web. Así hice. Es decir, gestioné la obtención de unas entradas para las que había pagado unos gastos de gestión.
Con la cara de tonto que se me quedó empecé a pensar en cómo hemos normalizado que nos cobren por determinadas cosas cuyo coste no deberíamos asumir.
Parece el paleolítico cuando para entrar en los servicios de una estación de tren pública había que dejar un donativo obligado para ayudar a su mantenimiento. Nunca entendí por qué debíamos asumir ese gasto que se supone debería estar presupuestado en un apartado que hiciera mención a su preservación.
Luego llegaron los bancos (muchos rescatados con dinero de todos nunca devuelto) cobrándonos comisiones por poder especular con nuestro dinero. Los supermercados traspasando al cliente el cobro de las bolsas de plástico en pos de una sostenibilidad de la que sacan beneficio al no eliminarlas. Las empresas públicas de transporte obligando a pagar por un soporte físico además de por los viajes.
Y más. Festivales cobrando el vaso (con publicidad del evento) en el que te sirven la bebida. De nuevo, en pos de la sostenibilidad, aunque luego los contenedores de reciclados varios brillen por su ausencia. O ese plus que hay que pagar por reservar asiento cuando viajas en avión o tren. O esos lugares deleznables en los que te obligan a comer o cenar en un determinado tiempo, como si estuvieras haciendo una contrarreloj pagada con tu bolsillo.
Hay más y vendrán más. La pregunta es ¿hasta cuándo vamos a ser los tontos de esta historia?
