Ponerle un nombre a algo no es nada sencillo. Por eso, la opción de algunos bares de juntar las iniciales de sus propietarios siempre me pareció que tenía un encanto especial.
En los noventa hubo como un auge de esa posibilidad que desbancó a la de escoger nombres de lugares (no importaba lo alejados que estuvieran del local en cuestión, tampoco si existía una conexión directa) para bautizarlos.
Ahora las tendencias son otras, y echo mucho de menos las anteriores. Una de las que más vergüenza ajena me provocan es la de los que optan en su nombre por el canalleo, por el malismo (leer a Mauro Entrialgo para entenderlo), por buscar palabras que creen que provocan, que generan irreverencia, como si rompieran con alguna norma opresora y en ese bar se estuviera organizando una resistencia clandestina. Ay, criaturitas.
Detrás suele haber niños/as ricos/as que juegan a emprendedores/as con ideas ridículas, un afán depredador y una triple red bien segura por si no funciona. También se suelen cansar pronto de su juguete. En unos años ya nadie se acordará de ellos. Mientras, el tiempo pasa, y bares con el Fraytom ahí siguen con su nombre
