los figurantes de mi vida

 

Foto: Brighton 1984. Uwe Bedenbecker.

Son madre e hija. Una debe rondar los 80, la otra algo más de 50. Visten prácticamente igual. Van muy maquilladas. Huyen literalmente de la gente. No quieren cruzarse con nadie. Las he visto escondidas entre dos contenedores porque un hombre pasaba por la acera. Pueden estar apoyadas en el respaldo de un banco los minutos que haga falta hasta que una terraza queda completamente vacía. Cuando es imposible evitar el contacto visual, no solo giran su cara, sino que la madre se tapa el rostro con un abanico que lleva siempre. Tiene un aire a Estrellita Castro. Me gusta imaginar que es una antigua gran figura del espectáculo que lleva muy mal el paso del tiempo. Me encantaría preguntarle por ese pasado de gloria.

El hombre debe rondar los noventa, pero cruza los semáforos cuando no están en verde con su torpe andar encorvado. Algunas veces lleva una pierna vendada (ahora con pantalón vaquero largo no lo puedo saber). Siempre una gorra roja donde se lee “Sé feliz”, escrito bajo el logo de tres marcas que ahora no recuerdo. Del cuello le cuelga una tarjeta de identificación que intuyo lleva escrito su nombre y algún número de contacto. Le puedes ver andar por distintas calles del barrio sin rumbo aparente. Le puedes ver rescatar bolsas de plástico de la basura. Una de sus actividades, sino favoritas sí más común, es sentarse en el banco que hay enfrente de El Rincón Cordobés. Saluda incluso a los que no le miran. Más de una vez he estado tentado de entablar conversación con él, pero tengo la duda de si no estaré rompiendo alguna barrera suya de seguridad.

Todos somos figurantes en la vida de otros. Todos tenemos figurantes en la nuestra. Solo hay que fijarse un poco para reconocer aquellos que merece la pena tener fichados. Los ves un día, otro, otro, otro, te llaman la atención por algo y, boom, ya forman parte de tu galería de personajes favoritos, pero no de una ficción, sino de la realidad.