Colecciono, si eso es posible hacerlo, pequeñas anécdotas ajenas. Una de mis preferidas es la de Carmen Amaya y las sardinas. ¡Si hasta Eduardo Arroyo le dedicó un cuadro!
Primeros años cuarenta del siglo pasado. Nueva York. La arrolladora bailaora (que actuaba en la ciudad estadounidense) pasa por delante de una pescadería. Entra y compra 3 kilos de sardinas. Se marcha con ellas al Waldorf Astoria donde está alojada en su suite imperial. La idea es, por supuesto, cocinarlas y compartirlas con los miembros de su compañía y familia.
Para ello, utilizan un somier metálico de parrilla y destrozan sendas mesillas de noche para prender el fuego. El resto es fácil de imaginar: jolgorio, comilona, palmas, cantes, bailes y olor a sardinas por todo el edificio.
Carmen Amaya nunca confirmó ni desmintió los hechos. Cuando alguna vez se le preguntó se limitaba a reír y bromear sobre el asunto.
Acabo de releer las estupendas memorias del actor Agustín González. En ellas da veracidad a la anécdota, dice que sabe de buena tinta que sí que ocurrió. Y es que su tía Antoñita (y su marido, José Jordá) formaban parte (con número propio) de la compañía de Carmen Amaya, y estuvieron en esa gira, y se entiende que aquel día en aquella suite. Supone González que lo de zamparse las sardinas en el hotel “lo hacían de la forma más natural, como si estuviesen reunidos en su casa” y no porque pasaran calamidades, no hay que olvidar que la Amaya era una superestrella.
