chifladuras

 

Foto: Petr Kratochvil.

Esta semana lo he vuelto a hacer. Las dos cosas. Toda mi racionalidad salta por los aires. La chaladura campa a sus anchas.

Una siempre es en el supermercado. Nunca elijo el producto que está en primera fila. Siempre el de detrás. A veces me justifico por la fecha de caducidad. Pero es una excusa para no reconocer que estoy chiflado en ese instante.

Relaciono que esos productos más al alcance habrán sido tocados por otras personas. Como si eso afectara a su interior. Peor es cuando los descarto porque hayan podido ser manipulados. Mi mente debe imaginar a gente armada con jeringuillas con alguna sustancia venenosa que las inyectan que-sé-yo, en la leche, en los yogurts, en la mantequilla … para qué-sabe-quién.

La otra aparece cuando recibo una carta, un paquete, cualquier cosa que lleve mi dirección. No tardo mucho en arrancarla del sobre, trocearla en muchos pedazos e ir tirándolos por distintas papeleras o contenedores. Mi objetivo es que ni el más avispado de los malvados pueda reunir todos los fragmentitos y recomponerla. ¿Que para qué va a querer alguien hacer eso? Ya dije en el primer párrafo que toda mi racionalidad salta por los aires.

Decidme que no estoy solo en esto.