celebrarlo todo

 


Este sábado se casó mi sobrina Alicia con su novio Randy. Fue un día perfecto. En todos los sentidos. La ceremonia, el lugar, la comida, la fiesta, el tiempo, el baile … pero sobre todo la gente.

La felicidad, las ganas de celebrar, lo guapo que íbamos, el recuerdo a los que no estaban. Fue de esas cosas que vives con tanta intensidad que necesitas vídeos y fotos al día siguiente para volver allí.

Los novios muy muy felices, la familia emocionada (esa madre y esa prima sobre todo), los amigos eufóricos. El alborozo formó parte del menú. Se festejó el cariño. Dice la RAE que uno de los significados de boda es gozo, alegría, fiesta. Hicimos pleno.

El lunes, después de almorzar, me dieron una muy mala noticia, por teléfono, sobre un muy buen amigo (que, afortunadamente, va remitiendo). La vida me hacía un croquis sobre ella misma. Pero yo me quedaba con otro mensaje: hay que celebrarlo todo.

Vivimos en las prisas, en la preocupación constante, en el enfado absurdo, en el para otra ocasión, en el anteponer las supuestas obligaciones en lo más alto de la clasificación. Y nos olvidamos de lo importante. De hoy, del presente. De que los días no se recuperan. De nuestro entorno. Hasta que una mañana recibes una llamada y todo colapsa. Y entiendes que tus dramitas hiperdimensionados son una posdata en el relato general.

Celebrad todo lo que podáis, que yo pienso hacerlo (también con mi amigo, cuando él pueda), como si volviera una y otra vez a la boda de Ali y Randy.