Hace unas semanas, me senté una mañana en la terraza del bar Tío Pepe a ver pasar la vida. Cocacola, papas (que sabían demasiado a vinagre) y El País.
Y pasó un chico con una camiseta del Llíria. Y pasó otro con un tatuaje en el brazo en el que se leía Mamá, al que su acompañante le decía “Al final solo he comido una galleta, a ver si me mareo”. Y pasó una mujer con un bolso Bimbay. Y pasó una y varias veces el 32 con cierta pereza monótona. Y pasó una señora mayor, encorvada, pero más elegante de lo que seremos tú y yo jamás. Y pasó un señor con un bolso bien chulo que se puso a mirar el escaparate de una inmobiliaria.
Y al lado se sentó una pareja bastante joven. Y él pidió un sándwich mixto y un colacao, y después un Aquarius. Y ella le dijo que le gustaba la música ¡antigua! tipo Daddy Yankee o Plan B. Que sí, que hace más de 25 años que empezaron, que es como cuando nosotros hablábamos en los 90 de los 60. Pero no pude evitar que, de repente, me pareciera que la vida estaba pasando muy deprisa.
