Trabajé unos cinco años (entre 1999 y 2004 ) como redactor (bueno, la categoría laboral era guionista, pero hacíamos el trabajo de los redactores cobrando menos) en el programa de sucesos Punt de Mira, de Canal 9. Entre los temas que tratábamos y las estupendas audiencias que teníamos había quien nos miraba con cierto desprecio y superioridad moral, como si fuéramos periodistas de tercera división (que, por otro lado, no me parece nada malo), una suerte de mercachifles del morbo y el dolor ajeno, el antiperiodismo diabólico. Imagino, no sé, que era más gratificante, por ejemplo, trabajar en unos informativos teledirigidos por el poder corrupto del PP de aquellos años.
No seré yo quien defienda este tipo de programas, Punt de Mira era lo que era. Para la mayoría de los que estábamos allí una forma (como cualquier otra) de ganarnos la vida. Pero no deja de hacerme gracia que lo que entonces era escabroso, basura, truculento, desagradable, retorcido, sucio… ahora goce de las simpatías, el respeto y el aplauso de la gente, cuando no deja de ser lo mismo. Ha bastado ponerle una etiqueta en ingles, true crime (y, también, que plataformas, productoras y cadenas hayan invertido sus buenos dineros) y olvidar que detrás de lo que se cuenta (y con más pelos y señales que entonces) hay asesinatos, violaciones, psicópatas, crímenes tremebundos, torturas… toneladas de daño y angustia de terceros, narrados además incluso con ciertos aires pretendidamente artísticos que acaban respetando aún mucho menos el dolor ajeno.
