En mi casa éramos mucho de renombrar las cosas, los lugares, las personas. La mejor fue, sin duda, cuando rebautizamos como Los Picapiedra a unos vecinos que tenían un dos caballos que nos recordaba al coche de los dibujos. Al padre le veíamos un aire a Pedro, también.
A veces se era menos original como con las fincas de la foto. Estaban entre la parte vieja de la calle donde vivíamos y la nueva que tanto respeto (por no decir miedo) nos infundía. Nosotros las llamábamos las Fincas Altas.
Un día con Jaime subimos hasta el último piso, allí vivía un amigo de su madre. No recuerdo a qué, pero sí que no nos dejaron coger el ascensor. Fue el primer dúplex que vi en mi vida. Mi primera lección sobre la diferencia de clases. Nunca entendí qué pintaban aquellas viviendas de lujo (de entonces) en nuestro barrio. A escasos metros de ellas, en un garaje, durante un tiempo, se pusieron unos cuantos aspirantes a delincuentes a intentar cobrar una suerte de impuesto revolucionario a quien pasara por allí. Yo siempre lo hacía corriendo.
Las Fincas Altas siguen ahí. Son parte del paisaje, con esas estructuras superiores que nunca entendimos y que han envejecido más cerca de la curiosidad que del diseño moderno. El lujo se diluyó (al menos de puertas para afuera) como los personajes (e instalaciones) que años después, casi a sus pies, formaron el parque de Mortadelo y Filemón.
