Hace unos días, cuando bajé a tirar la basura, el contenedor me devolvió un crochet de dolorosa realidad. A sus pies, un sobre con señales de pisadas, papeles varios y cuatro fotografías de DNI. Con la bolsa en la mano, me agaché porque me pareció reconocer ese rostro. Era un vecino de mi edificio, fallecido hace algunos años. Su recuerdo, su pasado, su vida, estaban en el suelo, rodeados de desperdicios, a escasos quince metros de su patio, de su casa.
Me sorprendí enfadado, cuando tampoco había tenido mucha relación con él más allá de saludarnos en el ascensor o el patio y de las conversaciones protocolarias entre vecinos copadas casi siempre por la meteorología. En parte creo que fue por pensar lo que pasará con mis cosas cuando no esté. Cuando digo cosas digo libros, discos, fotos, revistas…
(Mientras escribo esto hago una pausa, miro a mi alrededor, recorro con la vista, en silencio, todas esas cosas y me las imagino en ese mismo contenedor y… suspiro).
Por cierto, que una vez que tiré la basura, miré en el interior del sobre. Encontré una foto en blanco y negro de mi vecino y su mujer, más jóvenes de lo que nunca les conocí, la cogí y me la subí a casa. Puede que solo la haya salvado temporalmente y que dentro de (espero) muchos años acabe otra vez, donde yo la rescaté, junto al resto de mis cosas. Puede, pero, por ahora, se ha ganado el indulto.
