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| Foto: Syd Shelton. |
Me equivoqué, el otro día, añadiendo panceta al bocadillo de tortilla de patatas en el Luna. Me dejé llevar por lo que pidieron las personas que iban delante de mí. Fui arrastrado por el efecto llamada de una promesa que no se cumplió. La tortilla si está buena siempre es mejor sin compañía en el pan. Pero cedí. Leo en prensa, una y otra vez, la alarma sobre esa franja de jóvenes (entre un 25% y un 36%, según la fuente) que tienen intención de votar a la ultraderecha. Y me pregunto si con tanta insistencia mediática no se está convirtiendo en algo atractivo (su panceta) para el indeciso, para el desubicado, para el que no consigue asirse a nada en una edad tan complicada como la que tienen. No digo que haya que ignorar esa amenaza, pero igual habría que dar su espacio a ese otro 70-75% que (con la que está cayendo por todos los lados) no comulga con los ultras reaccionarios, dar voz a esa muchachada comprometida… aunque eso signifique menos visitas, lecturas, oyentes o espectadores.
Para algunas personas (sobre todo en facebook) los jóvenes lo hacen todo mal. Son, ¡sorpresa!, personas que dejaron de ser jóvenes hace tiempo. Cargan contra lo que escuchan (con ese mantra de “no es música” con el que se condenaba a la electrónica o al punk hace décadas) y cómo lo hacen (como si los casetes que grabábamos de la radio tuvieran más calidad que el streaming actual), contra su lenguaje (se burlan de que se llamen “hermanos/as” como si en tiempos pretéritos no se dijera primo/a o tío/a a amigos/as con los que no se guardaba ningún parentesco familiar), contra su forma de vestir (un repaso por las fotografías del pasado de cada cual no aguantaría ni un asalto), contra su supuesto exhibicionismo (sus redes sociales son nuestras carpetas forradas y llenas de consignas, nuestras chapas, nuestros parches, nuestras camisetas), contra su urgencia por todo (vamos, contra que corra sangre por su venas), contra su falta de compromiso (aquí dieron una bofetada con la mano bien abierta cuando la zona afectada por la dana se llenó de chavales voluntarios).
Ridiculizar la supuesta adicción de los jóvenes por la redes sociales desde una red social tiene su guasa. A mí me parecen un magnífico invento para según qué cosas, aunque se corre el riesgo de caer en el scroll infinito. Desde el punto de vista de la información cultural me resultan muy valiosas. También puede provocar cierta ansiedad ante la cantidad de estímulos que llaman a tu puerta. Por eso, de vez en cuando hay que refugiarse, aparcar el móvil. Predico con el ejemplo y escucho Coloreados, el álbum que grabaron Kiko Aguado y Celia Mur en Granada en 2005 (cd que me costó solo 1€ en una jornada de minería por los cajones de ofertas) y cuando llega “Minha vida”, la versión en portugués (letra de Rita Lee) del “In my life” de The Beatles, todo se detiene. Y tengo la sensación de que lo que me quitó la panceta me lo devuelve la música. Solo hacía falta buscarlo, sin seguir ningún palo ni ninguna zanahoria.
