Te regalo la cultura del esfuerzo. Te regalo salir de la zona de confort. Te regalo lo del sufrimiento como antesala del disfrute. Te regalo lo de “la vida curte” o “la vida es dura”. Te regalo la clase obrera romantizada. Te regalo madrugar por obligación. Te regalo lo de luchar (por lo que deseas, por lo que sueñas, por salir de una enfermedad…) para conseguirlo, como si la vida fuera una batalla. Te regalo las toneladas de miedo que nos tiran encima todos los días. Te regalo el odio que exhala la extrema derecha (y la derecha). Te regalo la productividad como incendiaria gasolina del día a día. Te regalo el malismo que siempre nos perjudica a los mismos.
Te regalo las jornadas laborales donde la hora de entrada es sagrada pero la de salida ya-si-eso. Te regalo que el querer hacer lo que me dé la real gana en mi tiempo libre lo definas, con condescendencia y crítica, como procrastinar. Te regalo el propio concepto “tiempo libre”. Te regalo tu rictus serio como garante de las cosas bien hechas. Te regalo la apología de trabajar duramente. Te regalo a ese político que bebía y comía mientras la gente se moría (y a los que le apoyan, y a los que le votan). Te regalo el enfado eterno y la mala hostia como valores al alza camuflados de tener caracter y gilipolleces similares. Te regalo el sentimiento de culpa. Te regalo dios aprieta pero no ahoga. Te regalo a los jefes que imponen climas laborales hostiles y tóxicos para ocultar sus miedos, carencias y complejos. Te regalo tu alabanza del sacrificio (ajeno, claro está) que te permite vivir sin practicarlo.
Me regalo (¡siempre!) a Vainica Doble: “Déjame que descanse un rato al sol / Déjame vivir con alegría…”.