la ciudad y tú: los bancos

 

Entre las calles Fuencaliente y Lebón hay una pintada en el suelo donde antes había un banco. La pintada dice “Aquí un banquito”. Cerca de allí, en la puerta del Consum de la Avenida del Puerto, quitaron otro banco para que el bar del supermercado pusiera más mesas. Ahora puedes seguir sentándote, pero, eso sí, pasando por caja.

Eliminar bancos de las ciudades es como expulsar la tecla de pausa de nuestras vidas, darle un capón a la convivencia, arrinconar el diálogo improvisado entre las personas, mutear las risas y confidencias de la chavalería y también de los más mayores, hacerle magia potagia a la comunidad a pequeña escala… Es convertirnos en seres que siempre vamos andando hacia algún lugar, a consumir, ¿qué hacer si no?, a gastar dinero. Alguien sentado en un banco contemplando a quienes pasan, leyendo un libro o mirando stories, pegando un bocado, descansando de un trayecto largo, hablando con un desconocido que seguramente será con la única persona que lo haga porque vive solo, no suma, no produce. A papá capitalismo (y a los otros bancos) no les interesa, no les gusta.

Quitar bancos de las ciudades es importar la filosofía de los centros comerciales donde brillan por su ausencia los lugares donde sentarse o descansar. Si te paras no compras. Y la razón de ser de esas moles es el movimiento continuo, de tienda en tienda.

Por eso nunca son suficientes bancos, forman parte de una resistencia urbana, perderlos es una derrota más para la ciudad. Un paso adelante para acabar siendo simples figurantes (esto se lo medio-robo a Rafa Lahuerta) de nuestras calles. Bancos sí, pero de los que no especulan con nuestros ahorros y encima nos cobran comisiones, ni de los que hay que rescatar con nuestro dinero.