las historias

 


Llamadlo tara, llamadlo como queráis. Pero me obsesionan las historias. Para mí son tan importantes como el arroz o el ibuprofeno. Recomponerlas a partir de datos reales; revivir en mi cabeza, desde el lugar que ocurrieron, cada momento, cada detalle; descubrir lo que ocultaba la gente. Puede que todo sea fruto de tantas ficciones y no ficciones deglutidas. Y de la necesidad de saber y de contar(me).

Cuando paso, por ejemplo, por la calle Pobla de Farnals 45, me quedo mirando su fachada. En marzo del 92 se descubrió allí un piso franco de ETA. En enero, la banda terrorista había asesinado, en la ciudad, a Broseta de un tiro en la nuca. Itziar Alberdi Uranga estuvo viviendo en esa casa cerca de seis meses sin levantar ninguna sospecha. Su vecina Aniceta, de 65 años, la definió en el diario Levante como “una chica normalísima”, que no le daba conversación, pero muy amable. Ahí es donde mi cerebro se dispara.

En mi cabeza recreo posibles momentos en que se cruzaron las dos mujeres, o la cantidad de personas que pasaron al lado de Paquita (ese era su alias) ajenas a su identidad real. Paseo por esas calles y reconstruyo sus posibles itinerarios yendo o volviendo de vigilar a gente que querían asesinar, esquivando a los clientes de la terraza del bar Casa Pepe que seguramente ya estaría abierto, entrando en la farmacia de su misma acera o mirando con curiosidad y desconfianza los preparativos falleros en Duque de Gaeta (¿se asustaría con los petardos?), como si marchara a o regresara de una jornada laboral normal.

Me detengo delante del patio 45 y creo escuchar a América, que vivía en el piso de arriba del de la etarra, pidiéndole recoger un calcetín que se le había caído y entrando en esa casa que después recordaría muy desordenada, y con muchos platos sucios. ¿Estarían, entonces, en algún lugar escondidos los siete carnets de identidad y los nueve de conducir falsos de Urrusolo Sistiaga que se encontraron después?

Oigo sonar, como en esa noche de marzo, el teléfono de Aniceta y a esta cruzando el rellano para avisar a la etarra de que tiene una llamada de “su hermano”. También me llega el eco de su posterior e inmediata huida. Dejando una sartén al fuego; tres camisetas, tres bragas o una toalla en el tendedero; y dos pistolas, un subfusil, cuatro lanzagranadas o explosivos de todo tipo en la casa. Escucho, a continuación, la sonora irrupción, solo siete horas después, de la policía. Primero, por error, en la vivienda del número 4 (me fastidia no tener el dato de si habitada o no) y después ya en la correcta, en el 3.

Antes de irme de la zona, pienso en esos vecinos que convivieron meses con un arsenal explosivo que podía haber volado por los aires el edificio, mientras charlaban tranquilamente en las escaleras de sus cosas, sin pensar que en esa vivienda en la que nunca se oía nada, ni la radio, ni la tele, se estaban firmando aleatorias sentencias de muerte.